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Por Carlos Campos Saigg

 

Marzo siempre trae el mismo paisaje: mochilas nuevas, uniformes recién planchados, cuadernos con olor a estreno y padres afinando los últimos detalles. Para muchos niños y niñas, el regreso a clases es un reencuentro esperado. Para otros, especialmente quienes transitan del jardín a la escuela, es un salto lleno de nervios y ansiedad.

Pero hay familias que viven marzo con una preocupación adicional. Padres y madres de niños dentro del Trastorno del Espectro Autista (TEA) no solo revisan útiles: revisan miradas, protocolos, disposición. Se preguntan si el colegio será un espacio seguro de verdad o solo en el discurso.

Ahí es donde la inclusión deja de ser palabra bonita y se convierte en obligación ética y legal.

 

La Ley TEA: un marco claro

En Chile rige la Ley 21.545, conocida como Ley TEA, que establece la promoción de la inclusión, la atención integral y la protección de derechos de las personas con Trastorno del Espectro Autista. No es una sugerencia: es ley de la República.

Esta normativa reconoce el derecho a:

Educación inclusiva en igualdad de condiciones.

Ajustes razonables y apoyos adecuados.

Entornos libres de discriminación.

Capacitación de quienes trabajan en educación para comprender y abordar adecuadamente esta condición.

La ley exige que los establecimientos adopten medidas concretas: adecuaciones curriculares cuando corresponda, protocolos de acompañamiento, estrategias pedagógicas pertinentes y, sobre todo, personal capacitado.

No basta con buena voluntad. Se requiere conocimiento.

 

Inclusión no es improvisación

En cada escuela hay inspectores, asistentes de la educación, profesores, equipos directivos. Todos —no solo el docente jefe— deben tener nociones claras sobre qué es el TEA, cómo se manifiesta y qué ajustes pueden marcar la diferencia.

Un niño con hipersensibilidad sensorial puede necesitar flexibilidad frente a ruidos intensos.

Otro puede requerir instrucciones claras y estructuradas.

Algunos necesitarán apoyos en habilidades sociales o tiempos diferenciados.

Nada de esto es privilegio. Es justicia educativa.

Si quienes están en contacto directo con estudiantes TEA desconocen la ley y sus alcances, el riesgo no es solo pedagógico: es vulneración de derechos.

 

La escuela como espacio de civilidad

Siempre hemos entendido la escuela como un segundo hogar. Y en un hogar bien constituido, cada miembro importa. La inclusión bien hecha fortalece la comunidad completa: enseña empatía, ordena procesos, profesionaliza equipos y eleva el estándar educativo.

La tradición escolar chilena ha sido fuerte en disciplina y formación. Hoy ese estándar debe ampliarse hacia la inclusión con rigor técnico. No se trata de ideologías pasajeras; se trata de cumplir la ley y honrar la dignidad de cada estudiante.

 

Marzo es la prueba

El inicio del año escolar es el momento para revisar protocolos, capacitar equipos, actualizar reglamentos internos y alinear prácticas con la Ley TEA. No cuando ocurre un conflicto. No después de una denuncia. Antes.

Las escuelas deben considerar la inclusión como eje educativo permanente, no como anexo administrativo.

Porque cuando un niño entra por primera vez a la sala de clases, no solo lleva una mochila. Lleva expectativas, temores y derechos.

Y esos derechos no se negocian.


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