Por Carlos Campos Saigg
Los patagones llevamos décadas hablando de equidad territorial. No es un capricho ni una consigna romántica: es una necesidad vital. Vivir en el sur siempre ha significado pagar más caro por casi todo, en dinero, en tiempo y en oportunidades, mientras la balanza presupuestaria se inclina persistentemente hacia el centro del país.
Nos quejamos del centralismo santiaguino, y con razón. Decisiones tomadas entre cuatro paredes, sin conocer el barro, el viento ni las distancias de esta región. Pero hay algo más incómodo aún: el centralismo intra regional. Ese que concentra recursos y decisiones en la capital regional, dejando al resto del territorio mirando desde la galería. Y peor todavía, cuando nuestras propias autoridades, las que conocen la realidad, terminan normalizando esa desigualdad como si fuera inevitable.
La salud vuelve a mostrarnos nuestro talón de Aquiles.
El Consejo Regional aprobó recientemente el comodato de un inmueble de 270,75 metros cuadrados por cinco años para la agrupación de pacientes trasladados. Es una decisión necesaria, nadie lo discute. Se trata de un espacio financiado con recursos públicos para albergar a personas con enfermedades graves: pacientes dializados, oncológicos y adultos mayores que llegan desde los rincones más apartados de la región para atenderse en la capital.
Pero la pregunta es simple y brutal: ¿270 metros cuadrados son suficientes para cubrir la demanda regional?, Todos saben que no.
El recinto está colapsado. Las camas no alcanzan. Los tiempos tampoco. Un paciente solo puede permanecer diez días y luego debe abandonar el lugar para dar espacio a otro. ¿Y si su tratamiento requiere más tiempo? ¿Y si sus exámenes se retrasan? ¿Y si vive con una pensión mínima y no tiene dónde quedarse? ¿Debe dormir en la calle mientras espera que el sistema le dé una respuesta?.
No podemos normalizar esto.
No podemos aceptar como “lo posible” un estándar que apenas contiene la emergencia. No podemos seguir celebrando soluciones transitorias como si fueran definitivas.
Necesitamos un nuevo proyecto. Un centro con otro estándar. Un espacio digno, diseñado para la realidad sanitaria de la región. No un parche. No una solución ajustada al mínimo. Un centro que entienda que aquí las distancias son largas, que los tratamientos son complejos y que la mayoría de los usuarios son adultos mayores con recursos limitados.
Entendemos que se hacen esfuerzos. Pero el esfuerzo no puede ser excusa para la insuficiencia permanente.
El llamado es claro: la clase política no está para administrar la escasez resignadamente. Está para proponer, exigir y liderar. Si alguien no está dispuesto a levantar la voz por quienes enfrentan enfermedad, distancia y precariedad al mismo tiempo, entonces no está entendiendo el peso de la representación.
La salud no puede seguir siendo nuestro punto débil estructural. No en el siglo XXI. No con discursos de descentralización en cada campaña. No mientras hablamos de desarrollo.
La Patagonia no necesita lástima. Necesita decisiones.
Y en salud, esas decisiones ya no pueden esperar.
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