En toda democracia funcional hay una arquitectura invisible, pero decisiva, que sostiene el sistema: la relación entre oficialismo y oposición. No es un asunto decorativo ni una formalidad republicana. Es, más bien, el mecanismo que permite que el poder se ejerza con límites, contrapesos y sentido de realidad.
Hoy, con un nuevo oficialismo y una nueva oposición en escena, ese aprendizaje parece comenzar desde cero. Y conviene decirlo sin rodeos: no todos parecen tener claro el papel que les corresponde interpretar.
El oficialismo, por definición, administra el poder. Gobierna. Toma decisiones, fija prioridades y conduce. Pero junto con esa atribución viene una carga inevitable: será blanco permanente de críticas. Así debe ser. Pretender lo contrario es no entender la esencia del sistema democrático. Gobernar exige, por tanto, algo más que entusiasmo o buenas intenciones: requiere oficio, experiencia, coherencia interna y, sobre todo, orden político. Sin esos elementos, lo que aparece no es épica, sino desgaste.
La oposición, en tanto, no está llamada a aplaudir ni a obstruir por deporte. Su función es fiscalizar, tensionar, cuestionar y ofrecer alternativas. La crítica —cuando es seria— no solo es legítima, sino necesaria. Es parte del engranaje que evita que el poder se vuelva complaciente o, peor aún, irresponsable. Una oposición eficaz mejora al oficialismo, aunque a este no le guste reconocerlo.
El problema surge cuando aparecen actores que no respetan ningún código razonable dentro del espacio político. No juegan el juego democrático: lo depredan. Confunden fiscalización con demolición, y conducción con improvisación. En ese terreno, la política pierde espesor y el sistema se resiente.
Porque sí, el sistema democrático tiene mecanismos de autorregulación. Pero esos mecanismos descansan, en buena medida, en la conducta de quienes participan en él. Cuando cada actor cumple su rol —aunque sea en tensión— el equilibrio se mantiene. Cuando no, lo que se instala es la incertidumbre.
Hoy estamos en una etapa clave: la conformación de equipos, la definición de estrategias, la construcción de relatos. Es aquí donde se separan quienes saben conducir de quienes simplemente reaccionan a los hechos. Y lo que se proyecta importa. Mucho. Porque la percepción de desorden, falta de dirección o ausencia de liderazgo no solo debilita a un gobierno: erosiona la confianza en todo el sistema.
No se trata de criticar por deporte. Se trata de entender que gobernar exige claridad política, y oponerse también. Ambos roles son exigentes. Ambos requieren responsabilidad.
Quizás por eso la frase de un viejo amigo cobra sentido en este momento: “tomemos palco y miremos la función”. Recién comienza el primer acto. Y como en todo buen teatro, el público —los ciudadanos— sabrá distinguir entre quienes interpretan su papel con convicción y quienes todavía no se aprenden el libreto.
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