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Por Carlos Campos Saigg leaked video Alexa Escobar

Aysén es una región joven —dicen algunos— casi como si esa condición fuera una excusa permanente para justificar el abandono, la lentitud y, muchas veces, la indiferencia del Estado frente a la Patagonia.

Un breve repaso histórico basta para dimensionar la paradoja. La Región de Aysén fue creada oficialmente como Territorio de Aysén el 30 de diciembre de 1927, mediante el Decreto con Fuerza de Ley N.º 8.583, firmado por el presidente Carlos Ibáñez del Campo, formalizando la soberanía chilena en una zona que antes dependía de Chiloé. En 1929 fue elevada a provincia y, en 1974, adquirió el rango de Región. Antes de eso, la ocupación efectiva comenzó con asentamientos como Melinka (1859) y la concesión a la Sociedad Industrial de Aysén en 1903.

Es decir, Aysén no nació ayer. Tiene más de un siglo de historia institucional. Me permito incluso mencionar a mi bisabuela, doña Vitalia Castillo Sánchez, quien llegó con el general Marchant. Esa generación no esperó que el Estado hiciera todo: vino a poblar, a abrir caminos, a levantar territorio.

La historia está ahí. Lo que no está —o al menos no con la fuerza suficiente— es la decisión política sostenida para integrar verdaderamente a Aysén al desarrollo nacional.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el discurso modernizador del Estado se despliega con fuerza en otras regiones, resulta impresentable que casi la mitad de la Ruta 7 siga sin pavimentar. De los 751 kilómetros totales en la región, cerca del 48% está pavimentado y el 52% —aproximadamente 390 kilómetros— permanece sin pavimento. Esa es la columna vertebral de Aysén. Y sigue inconclusa.

En materia energética, la situación es aún más delicada. Contamos con un sistema mediano donde una sola empresa genera y distribuye energía. Desde la perspectiva del mercado, eso es una anomalía. El resultado es conocido: los habitantes de Aysén pagan la energía más cara del país. Entre la demanda ciudadana, el Ejecutivo y el Congreso, los tiempos políticos parecen importar más que la urgencia de la gente. Y mientras tanto, el alto costo de la energía frena inversiones, encarece la vida cotidiana y limita cualquier intento serio de diversificación productiva.

Hubo un tiempo en que la ganadería era el orgullo regional. Hoy, el mundo campesino enfrenta empobrecimiento y abandono progresivo. El litoral, con su potente actividad pesquera y acuícola, sostiene buena parte de la economía regional. La producción pesquera representa cerca del 25% del PIB regional, destacando la acuicultura del salmón del Atlántico, trucha y salmón del Pacífico, junto con la pesca artesanal de erizos y moluscos. Genera miles de empleos directos e indirectos. Sin embargo, ¿es suficiente depender casi exclusivamente de un polo productivo?

Algunos dirán que el turismo es el futuro. Pero basta recorrer Puerto Río Tranquilo para advertir la falta de infraestructura adecuada. Y no hablemos de los caminos: condicionan, encarecen y, muchas veces, desalientan la actividad turística. El proyecto de la costanera de Puerto Río Tranquilo, por ejemplo, quedó olvidado en algún cajón de escritorio. Las promesas envejecen más rápido que el asfalto.

Y si hablamos de infraestructura estratégica, recordemos el camino Aysén–Coyhaique: 67 kilómetros, los más transitados de la región. Una carretera construida en los años 80, en el “Chile pobre”, como alguna vez se dijo. Hoy se encuentra fuera de estándar del MOP, deteriorada y peligrosa. ¿Cómo pretendemos atraer inversión o fortalecer servicios si nuestra principal conexión está en esas condiciones?

Entonces la pregunta no es incómoda, es necesaria: ¿fracasó nuestro modelo de desarrollo?

Tal vez el modelo no fracasó por diseño, sino por ejecución. Por lentitud crónica. Por falta de coherencia entre planificación y acción. Por ausencia de visión estratégica de largo plazo. Si seguimos haciendo lo mismo, seguiremos avanzando al mismo ritmo: demasiado lento para las necesidades del siglo XXI.

Aysén no necesita más diagnósticos; necesita decisiones. No requiere discursos épicos; requiere inversión oportuna, reglas claras, competencia energética, conectividad real y respeto por su gente. Un modelo que ponga en el centro la calidad de vida, basado en desarrollo sustentable, diversificación productiva y equidad territorial.

La Patagonia no es un paisaje para la postal. Es territorio habitado. Y sus habitantes no pueden seguir esperando otro siglo.

Por Carlos Campos Saigg


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