Por Carlos Campos Saigg
¿Cómo no quererlas, admirarlas y amarlas?
En mi vida han sido esenciales. Tengo una madre que me crió y formó —me permito nombrarla con cariño, Chamblaken—; tengo una hija a la que amo profundamente, Camila; y tengo a mi compañera de vida, mi esposa María Eugenia. Ellas forman parte de mi historia personal, así como seguramente muchas mujeres forman parte de la suya.
En el Día Internacional de la Mujer vale la pena detenerse un momento y reconocer a todas nuestras mujeres. Especialmente a aquellas sencillas, que lejos de ideologías, discursos o luces de cámaras, aportan cada día a sus familias y a nuestra sociedad.
¿Cómo no reconocer a la mujer campesina de nuestra Patagonia, que en el mundo rural enfrenta el clima, la distancia y las dificultades con una fortaleza admirable? En su trabajo cotidiano se revela su temple, su carácter y su enorme capacidad de formar familias y comunidades. Muchas veces entregan mucho y reciben poco reconocimiento.
También están las mujeres trabajadoras de nuestras ciudades, que con esfuerzo sacan adelante a sus familias, sostienen hogares y contribuyen silenciosamente al desarrollo de nuestra región. Y están las mujeres profesionales, que con talento, mérito y disciplina ocupan espacios cada vez más relevantes en nuestra sociedad.
Todas ellas, sin excepción, merecen nuestro respeto y reconocimiento.
Hoy también es justo valorar a aquellas organizaciones de mujeres que buscan unir y fortalecer, sin dividir ni clasificar a las mujeres bajo parámetros ideológicos que muchas veces poco aportan a la convivencia y al verdadero reconocimiento de su valor.
La historia, por su parte, también nos recuerda el enorme aporte femenino al progreso de la humanidad. Mujeres de distintos países, culturas y épocas han dejado una huella profunda en la ciencia, la cultura, los derechos humanos, la política y el pensamiento.
Basta recordar a Marie Curie, pionera de la ciencia moderna, quien descubrió los elementos radio y polonio y fue la primera persona en ganar dos Premios Nobel en distintas disciplinas, abriendo camino a tratamientos contra el cáncer.
O a Madre Teresa de Calcuta, símbolo de compasión y servicio a los más pobres, fundadora de las Misioneras de la Caridad y Premio Nobel de la Paz.
También a Helen Keller, ejemplo extraordinario de superación humana, quien pese a ser sordociega logró convertirse en escritora, conferencista y defensora de la educación inclusiva.
En la política mundial destaca Margaret Thatcher, primera mujer en liderar el gobierno del Reino Unido, figura clave del siglo XX y ejemplo de liderazgo en un mundo históricamente dominado por hombres.
En la lucha por los derechos civiles, el gesto de Rosa Parks, al negarse a ceder su asiento en un autobús, se convirtió en un símbolo universal de dignidad y valentía frente a la injusticia.
Y en la literatura, Jane Austen nos dejó una obra inmortal, con novelas que siguen siendo leídas y admiradas siglos después.
Todas ellas nos recuerdan que el progreso humano no es obra de un solo género, sino del talento, la valentía y el esfuerzo de personas —hombres y mujeres— que decidieron hacer algo significativo con su vida.
Permítanme cerrar esta columna con una reflexión personal. Quizás para algunos resulte curioso que un hombre escriba sobre mujeres. Tal vez incluso podría parecer una limitante. Pero lo hago desde el cariño, desde el respeto y desde la gratitud.
A las mujeres de nuestra Patagonia, con quienes compartimos este hermoso territorio: gracias por su trabajo, por su fortaleza, por su capacidad de cuidar, construir y proyectar futuro.
A todas ustedes, simplemente gracias.
Mil gracias… y un fuerte abrazo.
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