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Nuestro norte es el sur”.
Más de alguno recordará este eslogan que, en su momento, nació como una defensa legítima de los territorios más postergados de Aysén. Fue levantado con fuerza y convicción por autoridades regionales cuando la planificación de la conectividad simplemente se olvidaba del sur, como si después de cierto punto del mapa ya no viviera nadie.

Hoy, tras cuatro años más y al cierre de otra administración, la realidad es incómoda pero evidente: la deuda con nuestra gente sigue intacta. La pavimentación comprometida no llegó, y los famosos 140 kilómetros prometidos terminaron siendo apenas un buen analgésico político, suficiente para calmar por un rato las ansias de progreso de los habitantes de las provincias General Carrera y Capitán Prat, pero insuficiente para cambiar su vida cotidiana.

La deuda es histórica. Han pasado generaciones esperando caminos dignos. Ya no hay excusas, ya no hay crédito. La conectividad no puede seguir siendo un eslogan, necesitamos compromisos serios, medibles y cumplidos, más cerca de la realidad y lejos del discurso fácil. Nuestra gente no pide privilegios, pide calidad de vida.

Uno de los polos productivos que asoma con fuerza en el sur es el turismo, pero nuestros caminos siguen siendo una barrera imperdonable. Basta recorrer Puerto Río Tranquilo, en la provincia General Carrera, para ver cientos de turistas maravillados con el entorno… y preguntarse qué pasó con aquella costanera que alguna vez se proyectó para ese hermoso lugar. Lo mismo ocurre con Guadal, donde la costanera se ha anunciado más de una vez, pero sigue siendo solo un eco.
Y en Chile Chico, aún resuena la promesa de una nueva barcaza que nunca llegó.

Vivimos en uno de los territorios más bellos del mundo. Me maravillo cada vez que viajo a Villa O’Higgins, con sus paisajes que parecen irreales. Me emociono al visitar Isla Central o Candelario Mancilla, en el Lago O’Higgins, donde los icebergs se guardan como un tesoro silencioso. Y qué decir de Tortel, que es una postal viva, una obra de identidad y esfuerzo humano en medio de la Patagonia.

Conozco este territorio no desde el PowerPoint, sino desde el mate compartido con el más humilde de nuestros pobladores, en los rincones más apartados de la provincia. He recibido abrazos, sonrisas sinceras y, más de alguna vez, he pernoctado en casas donde la hospitalidad vale más que cualquier discurso.

Por eso lo digo sin rodeos: soy patagón, soy chileno y quiero intransablemente mi tierra.
Quiero un sur conectado, respetado y tratado con justicia. Porque si nuestro norte sigue siendo solo un lema, entonces el sur seguirá pagando el costo del olvido.

Por Carlos Campos Saigg


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