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En Marcos capítulo 4, la Biblia dice:” Jesús también dijo: ¿Con qué puede compararse el reino de Dios? ¿A qué se parece? Es como la semilla de mostaza que el campesino siembra en la tierra. A pesar de que es la más pequeña de todas las semillas del mundo, cuando crece llega a ser la más grande de las plantas del huerto. ¡Tiene ramas bien grandes, y hasta los pájaros pueden hacer nidos bajo su sombra!”.

Los granos de mostaza son pequeñas semillas redondas de diversas plantas de mostaza, típicamente de 1 o 2 milímetros de diámetro. Su color va del blanco amarillento al negro, y son especias importantes en muchas cocinas. Las plantas de mostaza blanca y negra pueden alcanzar más de un metro de altura y la mostaza castaña o china hasta 70 y 80 centímetros.

Lo que Jesús nos quiere enseñar a través de esta parábola es que: Dios usa cosas pequeñas para grandes propósitos. Que nunca debemos menospreciar las cosas pequeñas y, El Reino de Dios está creciendo en toda la tierra.

En el evangelio de Mateo capítulo 13: Jesús también les hizo esta comparación: «Con el reino de Dios pasa algo parecido a lo que sucede con la semilla de mostaza. A pesar de ser muy pequeña, cuando un hombre la siembra en su terreno, crece hasta convertirse en la más grande de las plantas del huerto. Llega a ser tan grande como un árbol, y hasta los pájaros hacen nidos en sus ramas.» Jesús quiere que seamos como un grano de mostaza. El Reino de Dios es así: cuando abrimos nuestro corazón a Jesús, una semilla llamada fe entra dentro de nosotros y con el tiempo, escuchando a Dios, se va transformando lentamente.

A menudo somos víctimas del engaño en el sentido de que para que algo sea importante debe acompañarse siempre de gran ruido. Dios es diferente en su modo de actuar. Él actúa de formas casi imperceptibles. Debemos animarnos en nuestro servicio al Señor sabiendo que las grandes cosas proceden de principios muy pequeños. No despreciemos nunca el día de los comienzos humildes y no caigamos en la tentación de pensar que para lo poco que podemos hacer no vale la pena ni siquiera empezarlo. No nos desanimemos por el aparente fracaso y la pobreza presente, sino tengamos confianza en la Palabra del Señor que hará que todo esfuerzo honesto por servirle, será finalmente multiplicado para su gloria.

En esta parábola de la semilla de mostaza, podemos aprender varios principios de gran utilidad que toda persona que sigue a Jesús, debe tener en cuenta:

Si somos lectores y maestros de la Palabra,  debemos evitar el exhibicionismo. Nuestra misión no es deslumbrar, sino alumbrar. Un buen maestro debe estar enamorado de su asignatura y de sus alumnos, pero no de sí mismo.

Como lectores y maestros, debemos evitar el sentimiento de superioridad. Tenemos que esforzarnos por entender, por qué el alumno encuentra una cosa difícil de entender. Para ello, debemos pensar con la mente del alumno.

El lector y maestro debe tener paciencia. Una persona irritable no debe ser maestro. Tiene que tener la capacidad de explicar las mismas cosas tantas veces como sea necesario, y.

Un  lector y maestro siempre debe animar, jamás desanimar. Quien no es un buen maestro, le es fácil usar el látigo de la lengua con un discípulo de mente que salta de un pensamiento a otro y otro.

Al finalizar podemos destacar de esta parábola, que el punto esencial es el contraste entre un comienzo pequeño y un resultado grande. Entre el principio y el fin. Entre el presente y el futuro del Reino de Dios. La semilla del Reino sembrada por Jesús en el campo del mundo, a pesar de su comienzo minúsculo o pequeño, tendrá finalmente por su propia vitalidad interna, un crecimiento desmesurado y sobrenatural.

Jesús también les dijo: « ¿Cómo les puedo explicar qué es el reino de Dios? ¿Con qué puedo compararlo? Se puede comparar con la semilla de mostaza: Cuando un hombre va y la siembra en su terreno, ella crece y se convierte en un árbol grande, tan grande que hasta los pájaros vienen y hacen nidos en sus ramas.» Evangelio de Lucas, capítulo 13.


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