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Los datos oficiales proporcionados por INE en los resultados del Censo 2017 nos indican que la región de Aysén cuenta con una superficie es de 108.494 km² y una población de 103.158 habitantes. Si queremos conocer el detalle de uso de la tierra y sus formaciones vegetales, la información que provee el Sistema de Monitoreo de Ecosistemas Forestales Nativos de Chile, nos deja ver que tenemos 2,7 millones de hectáreas de praderas y matorrales, 107 mil hectáreas de humedales, 1,3 millones de hectáreas desprovistas de vegetación, 4,4 millones de hectáreas de bosques y 7,5 mil hectáreas de terrenos agrícolas. En cuanto a la superficie de plantaciones de pino en la región de Aysén, el documento “Forestación multipropósito para la región de Aysén” del autor Juan Carlos Cisternas, publicado en 2010 en Ciencia e investigación forestal de INFOR, señala que tenemos 45 mil hectáreas con esta cobertura.

            Esta primera descripción de datos oficiales, nos permite formarnos una visión clara y a escala, lo que puede ayudar a limpiar algunos prejuicios que muchas veces son parte de discursos que demonizan algunos sectores productivos y por ende dificultan emprendimientos o incluso los usos múltiples que ciertas especies vegetales o actividades pueden brindar en lo que respecta a prestación de servicios ecosistémicos o encadenamientos productivos, como por ejemplo la captura de carbono o la producción de biomasa para madera aserrable o combustible, respectivamente.

            El pino ha demostrado ser una especie tremendamente exitosa en la adaptación al suelo de Aysén, logrando prendimientos en suelos degradados que en los últimos 40 años han alcanzado coberturas completas, siendo especialmente notorio su efecto en laderas de cerros altamente expuestos a la erosión, que hoy permiten cosecha de trozas aserreables y leña, siendo especialmente destacable lo que CONAF ha impulsado en reservas nacionales y cordilleras fiscales, donde asociado a un manejo orientado a la silvicultura preventiva y manejos de restauración ecológica, hoy logran contar con condiciones aptas para la sustitución de plantaciones de pino por especies nativas, lo que probablemente hubiese sido imposible o hubiese tardado mucho en las condiciones de erosión y degradación que estos suelos presentaban previo al establecimiento de las plantaciones de los pinos.

            El resultado productivo de dichas plantaciones, asociados a planes y programas de ayuda social, ha permitido que año a año el Gobierno disponga de miles de metros cúbicos de leña y miles de pulgadas de madera que son utilizados en ayudas sociales, incrementando con ello la rentabilidad social, pero además aumentando de forma muy importante la captura de carbono en suelos que se hubiesen demorado siglos en hacerlo. Paralelamente, esto activa circuitos virtuosos para la generación de trabajo, oportunidades concretas para formación de capital humano, como mueblistas, transportistas, trabajadores forestales de bosque y aserraderos, por nombrar algunos.

De acuerdo a las cifras entregadas por el Anuario Forestal del INFOR del año 2020, un 41% de las trozas requeridas para la producción regional de la madera aserrada, proviene de las plantaciones de pinos establecidas en nuestra región. Este porcentaje ha ido creciendo año tras año. De no haber existido este recurso, probablemente el bosque nativo se hubiera visto más presionado. Recordemos que la madera es el único material de construcción que es renovable, posee mucho menor huella de carbono en comparación al acero, el hormigón y otros materiales de construcción.

El análisis que los investigadores Fernando Droppelmann, Hans Grosse y André Laroze, realizan en su artículo “Contribución de los bosques nativos y plantados a la mitigación de los impactos del cambio climático en Chile en un contexto de desarrollo sustentable”, publicado en Ciencia e investigación forestal de INFOR el año 2019, aporta interesantes antecedentes que deben ser vistos con atención. Entre ellos me gustaría destacar que describen que la a gran mayoría de los terrenos disponibles para forestación presentan significativos niveles de erosión, lo que dificulta y encarece el establecimiento de bosques de especies nativas. Limitar la estrategia de forestación solo a dichas especies reduciría sustancialmente el universo de superficie forestable. Lo anterior, sumado a que es económicamente más conveniente la captura de carbono por forestaciones de rápido crecimiento y que el uso de la madera obtenida de las mismas aporta en la disminución de la huella de carbono del uso de sustitutos como plásticos, acero, cemento y otros, abre un gran campo para la discusión técnica y política respecto a la conveniencia de la utilización del pino, en sistemas silviculturales, para promover las actividades de recuperación de suelo, proceso de restauración, silvopastoreo, producción de madera y acción concreta para la captura de carbono para enfrentar el cambio climático.


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