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En el evangelio de Lucas capítulo 14, tenemos el siguiente relato: Jesús se había dado cuenta de que los invitados a la cena llegaban y se sentaban en los mejores lugares. Por eso les dio este consejo: «Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el mejor lugar. Porque si llega alguien más importante que tú,  el que te invitó te dirá: “Dale tu puesto a este otro invitado.” Eso sería muy vergonzoso para ti, y tendrías que sentarte en el último lugar.  »Por eso, cuando alguien te invite, busca el último puesto. Así, cuando llegue el que te invitó, te dirá: “Amigo, ven siéntate aquí; este lugar es mejor.” De esa manera, recibirás honores delante de los demás invitados.  El que se crea superior a los demás, será puesto en el lugar menos importante. El que es humilde será puesto en un lugar más importante.»

Ser popular se ha convertido hoy en día en una obsesión, especialmente para los jóvenes de esta generación. Lo que más valoran ellos y ellas es “la popularidad”. Incluso muchos jóvenes “cristianos” en su afán de buscar la popularidad entre sus amigos, pisotean el Nombre de Jesús con acciones que dejan mucho que desear para un joven que se supone, trata de agradar a Dios.

Según el diccionario de la Real Academia Española Popularidad es: La aceptación y aplauso que alguien tiene en el pueblo. De esta definición podemos decir que Popularidad es la aceptación, el reconocimiento y la admiración que las personas tienen sobre una persona que la posea, haciendo que estas personas se motiven a querer igualar el modelo de vida que la persona popular lleva. Sin embargo, cuando buscamos la mayor parte de nuestra validación y autoestima de las opiniones de otras personas, estamos en el camino equivocado. La opinión popular cambia como el viento, y cuando le damos mucha importancia, nos estamos preparando para una interminable serie de decepciones.

Mientras perseguimos la popularidad como un medio para alcanzar la felicidad, estamos jugando con la idolatría. Cuando encontramos nuestro valor personal en algo o en alguien aparte de Dios, estamos creando un ídolo. Un ídolo es alguna cosa o persona que usamos para satisfacer profundas y sinceras necesidades que sólo Dios puede suplir.

Cuando nos nace el deseo de ser popular, es más que simplemente querer que otros tengan un buen concepto de nosotros. Tenemos que desear tener un buen testimonio en el mundo. Por tal razón la Carta a los Filipenses capítulo 2, nos da la siguiente enseñanza: Dedíquense a entender lo que significa ser salvado por Dios.  Porque es Dios quien los motiva a hacer el bien, y quien los ayuda a practicarlo, y lo hace porque así lo quiere.  Hagan todo sin hablar mal de nadie y sin discutir por todo,  para que no pequen ni nadie pueda culparlos de nada. En este mundo lleno de gente malvada y pecadora, ustedes, como hijos de Dios, deben alejarse de la maldad y brillar por su buen comportamiento”. 

 El enfoque en la popularidad es una obsesión con uno mismo. El ansia de popularidad es parte del «orgullo de la vida». Así lo menciona la 1ª. Carta del apóstol Juan capítulo 2: “No quieran ustedes ser como los pecadores del mundo, ni tampoco hacer lo que ellos hacen. Quienes lo hacen, no aman a Dios el Padre.  Las cosas que ofrece la gente del mundo no vienen de Dios, sino de los pecadores de este mundo. Y éstas son las cosas que el mundo nos ofrece: los malos deseos, la ambición de tener todo lo que vemos, y el orgullo de poseer muchas riquezas.  Pero lo malo de este mundo, y de todo lo que ofrece, está por acabarse. En cambio, el que hace lo que Dios manda vive para siempre”.

El ego se siente bien cuando nos considerarnos populares, y tendemos a disfrutar ese sentimiento, en lugar de tratar honestamente con nosotros mismos respecto a nuestras propias debilidades. Esto conduce al orgullo. El orgullo nos infla la visión que tenemos de nuestra propia importancia y nos ciega de nuestras ofensas y faltas a Dios.

Todas aquellas personas que desean ser populares, muchas veces tendrán que elegir entre la aprobación de los demás y la aprobación de Dios. El plan de Dios y el plan del mundo para nosotros a menudo esta en conflicto, porque para ser «popular», debemos elegir el mundo. Pero al hacerlo, estamos dando a entender que Jesús no es Señor de nuestra vida, sino que somos nosotros.

Para finalizar, leamos en Lucas capítulo 9 que nos dice lo siguiente: Después Jesús les dijo a todos los que estaban allí: «Si alguno quiere ser mi discípulo, tiene que olvidarse de hacer lo que quiera. Tiene que estar siempre dispuesto a morir y hacer lo que yo mando. Si alguno piensa que su vida es más importante que seguirme, entonces la perderá para siempre. Pero el que prefiera seguirme y elija morir por mí, ése se salvará. De nada sirve que una persona sea dueña de todo el mundo, si al final se destruye a sí misma y se pierde para siempre”.


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