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Aunque parezca increíble, el dolor es un regalo. ¿Cómo? Los médicos dicen que sin el dolor,  no sabríamos cuándo necesitamos atención médica. De hecho, los niños nunca aprenderían que tocar una estufa caliente es una mala idea. Tampoco podríamos ser alertados de una condición médica peligrosa, sin el dolor asociado con ella.

Podemos decir también que, la función fisiológica del dolor es señalar al sistema nervioso que una zona del organismo está expuesta a una situación que puede provocar una lesión. Esta señal de alarma desencadena una serie de mecanismos cuyo objetivo es evitar o limitar los daños y hacer frente al estrés.

En la Biblia, la carta del apóstol Santiago capítulo 1 dice lo siguiente; “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia”. De acuerdo a lo que dice el apóstol Santiago, cuando soportamos pruebas dolorosas, podemos tener gozo al saber que Dios obra para producir en nosotros paciencia y el carácter del Señor Jesús. Esto se aplica al dolor mental, emocional y espiritual, así como también al dolor físico.

Pero el mayor ejemplo de alguien  que ha padecido dolor es Jesucristo. Soportó los dolores de castigo por azotes en su cuerpo.  Dolores de una corona de espinas en su frente. Ser clavado y colgado en una cruz de madera. Por causa del dolor, murió en nuestro lugar por nuestros pecados. El apóstol Pedro en su primera carta, capítulo 3 escribió: «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu».

En la segunda carta del apóstol Pablo a los Corintios capítulo 4, nos dice lo siguiente: ”Cuando Dios nos dio la buena noticia, puso, por así decirlo, un tesoro en una frágil vasija de barro. Así, cuando anunciamos la buena noticia, la gente sabe que el poder de ese mensaje viene de Dios y no de nosotros, que somos tan frágiles como el barro. Por eso, aunque pasamos por muchas dificultades, no nos desanimamos. Tenemos preocupaciones, pero no perdemos la calma. La gente nos persigue, pero Dios no nos abandona. Nos hacen caer, pero no nos destruyen. A dondequiera que vamos, todos pueden ver que sufrimos lo mismo que Cristo, y que por obedecerlo estamos siempre en peligro de muerte. Pero también pueden ver, por medio de nosotros, que Jesús tiene poder para dar vida a los muertos. Y así, mientras que nosotros vamos muriendo, ustedes van cobrando nueva vida”.

Al concluir, podemos decir que si rechazamos o evitamos nuestro dolor, éste se terminará convirtiendo, probablemente, en sufrimiento. El sufrimiento tiene una naturaleza más bien cognitiva, contiene una carga importante de pensamientos con mensajes tóxicos. Cuando nos situamos en el sufrimiento nos sentimos encerrados en un acto repetitivo del que parece tremendamente difícil salir. Sin darnos cuenta, nos aferramos al sufrimiento, a la no aceptación de la realidad, a autocríticas destructivas. No fluimos con la vida y con la realidad, nos agotamos y el estado de ánimo se puede llegar a ver muy afectado.

El diálogo interno que se establece en el sufrimiento, resulta destructivo tanto para la propia persona como para muchas personas con las que se pueda relacionar dado que su contenido está lleno de juicios, críticas destructivas y reproches.

Parece que para poder vivir plenamente, fuera de la cárcel del sufrimiento innecesario y destructivo, es necesario que podamos aceptar la inevitable presencia del dolor en determinados momentos de nuestra vida. En este complejo y profundo ejercicio de escucha y aceptación del dolor, resulta importante que intentemos acercarnos a Dios para pedir su apoyo y ayuda, y hacer lo que dice el apóstol Santiago en su carta, capítulo 1: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”.  


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