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En el Evangelio de Mateo capítulo 6, Jesús dice: “No acumulen para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen, y donde los ladrones se meten y roban. Más bien, acumulen para ustedes tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corrompen, y donde los ladrones no se meten ni roban. Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón”. Versión Reina Valera Actualizada (RVA-2015).

De acuerdo a lo que Jesús nos enseña en este pasaje bíblico sobre el “corazón”, nos da a entender que es el asiento de las actitudes, emociones y de la inteligencia. También llegamos a comprender que se refiere a nuestra mente, a los pensamientos, los sentimientos y al intelecto en general.

Cuando Jesús habla del “corazón”, se refiere a lo más íntimo que tenemos, lo más escondido y vital. Nuestro corazón es también donde residen nuestros valores, es la raíz de nuestras opciones concretas, es el lugar secreto en el que decidimos el sentido que le daremos a nuestra vida.

Jesús también nos habla del tesoro, el cual es un conjunto de dinero y objetos que poseen un alto valor y que generalmente se encuentran resguardados en un escondite o lugar privado. El tesoro es un patrimonio de gran valor, conformado por billetes, monedas y bienes materiales como joyas.

El “tesoro” es lo que tiene más valor, lo que nos da seguridad para hoy y para el futuro. ¿Cuál es nuestro tesoro por el cual somos capaces de olvidarnos de todo lo demás?

En la sociedad consumista en la que vivimos hoy, todo nos empuja a acumular bienes materiales, a concentrarnos en nuestras necesidades y desinteresarnos de las necesidades de los demás, en nombre del bienestar y de la eficiencia individual.

Sin embargo Jesús, en un entorno cultural muy distinto nos habla del corazón y el tesoro como una enseñanza decisiva y universal. Esto es para todo tipo de personas de cualquier tiempo y de cualquier lugar donde vivan.

Lucas el escritor del Evangelio que lleva su nombre, dice con énfasis y fuerza la necesidad de hacer una opción radical, definitiva y propia de quien es discípulo y seguidor de Jesús. Dios es el verdadero Bien, quien debe ocupar todo nuestro corazón por el hecho de ser sus hijos e hijas. De la misma manera, como el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesús. Esta opción exclusiva implica abandonarse con confianza a su Amor y así poder ser «ricos» de verdad porque somos hijos de Dios y herederos de su Reino.

¿Por qué Jesús nos desafía a que nos desapeguemos de los bienes, hasta convertirlo en una condición necesaria para poder seguirlo? Porque quiere que aprendamos que la primera riqueza importante de nuestra existencia, es decir, el verdadero tesoro, es Él, Jesús el Hijo de Dios. Él quiere que seamos libres, con nuestro corazón limpio de cualquier apego y de cualquiera preocupación, para que así,  podamos amarle de verdad. Amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.

Al finalizar, destaco una vez más lo que nos dice el Evangelio de Lucas, en el capítulo 12, en la versión La Palabra (Hispanoamérica) (BLPH): “Ustedes busquen, más bien, el reino de Dios, y Dios se encargará de darles además todas esas cosas. No tengan miedo, pequeño rebaño, que es voluntad del Padre darles el reino. Vendan sus bienes y repartan el producto entre los necesitados. Háganse así un capital que no se deteriora, riquezas inagotables en los cielos, donde no hay ladrones que entren a robar ni polilla que destruya. Pues donde tengan ustedes su riqueza, allí tendrán también el corazón.

En este pasaje bíblico, se nos pide que renunciemos a las posesiones porque Jesús quiere que nos abramos a los demás, a quienes nos rodean y en especial, a las personas necesitadas. El modo más sencillo de renunciar, es dar.


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