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En el Nuevo Testamento y los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan encontramos varias “Parábolas”. Las parábolas son aquellas breves narraciones dichas por el Señor Jesús que encierran una educación moral y religiosa, revelando una verdad espiritual de forma comparativa. La parábola es un relato religioso corto que es fácil de comprender y brinda una verdad espiritual.

En el evangelio de Mateo capítulo 7, tenemos la siguiente enseñanza de Jesús: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis”.

Esta  misma enseñanza, la encontramos en el evangelio de Lucas capítulo 6 que dice: “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

A través de esta parábola Jesús nos quiere dar una lección de cuán incoherentes somos las personas por la forma como nos expresamos en la vida y, de la manera como vivimos. ¿Es la coherencia la manera en que hemos de vivir, o la incoherencia que manifestamos en nuestras palabras? Es por eso que generalmente las palabras, van por un lado y nuestras acciones de vida van por otro.

Puede ser que esta parábola nos está manifestando el vacío y la hipocresía con que vivimos nuestra vida. Queremos aparentar muchas veces lo que realmente no somos y nos ponemos un disfraz como una careta, para aparentar cosas que realmente no tenemos en nuestro corazón. Debemos reconocer que esto será mera apariencia superficial, porque no le hemos dado profundidad a la vida.

Estimadas y estimados, tengamos cuidado porque la vanidad, la falta de coherencia y esa superficialidad, la podemos estar viviendo en este mundo concreto de nuestras comunidades cristianas. Cuidémonos de no estar cayendo nosotros también en esas incoherencias, como lo es, la manera de actuar y de vivir nuestra fe.

Para ir concluyendo les invito a reflexionar en lo siguiente: Podemos estar viviendo una religiosidad demasiado superficial, porque no profundizamos lo suficiente en el sentido y valor de nuestra fe. Puede que su ser cristiano se ha quedado en unos ritos, que en determinados momentos realizamos con lo que parece que ya contentamos nuestra conciencia pero que luego en el resto de la vida nos olvidamos de los valores cristianos, de los valores del Reino de Dios, viviendo nuestra vida muy alejada de la verdadera relación con Dios y del sentido de la fe.

No nos quedemos en la expresión religiosa de nuestra vida de fe con unos ritos llenos de pompa y de esplendor y de gran solemnidad. Esto se nos puede quedar en una ostentación excesivamente artística como un espectáculo, donde sacamos a relucir todas nuestras apariencias que nos hacen sentirnos como en la gloria pero que cuando pasa todo, lo olvidamos y no damos los frutos de amor, justicia y fe. Vanidades en las que podemos caer los cristianos.

“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Evangelio de Lucas, capítulo 6.


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